Octubre 3, año dos mil nueve. Salí rumbo a la ciudad de Dakar un destino incierto, una aventura por descubrir. Cuando vine a vivir a Barcelona, poco sabía de África subsahariana, de sus contrastes, su cultura, su economía, sus lenguas y su historia.
África era un lugar desconocido, una tierra de donde sólo llegan informes de pobreza, guerra y caos. En 2001 tuve la oportunidad de conocer Argel y a principios de 2009 Marruecos, fueron mis primeros pasos en este continente. A finales de este mismo año viajé a Senegal y Gambia, cosa que me ha permitido ver la existencia de dos Áfricas muy diferentes, la subsahariana y la septentrional, o lo que es para muchos el África árabe y el África negra. Dos mundos separados geográficamente por el mayor desierto del mundo, por rasgos raciales y por culturas que aunque profesen en su mayoría la misma religión, son completamente diferentes.
Un continente completamente saqueado y que pese a ello continúa siendo explotado, presos de la corrupción política, de la pobreza, de las dictaduras, y de las guerras por sus bancos de minerales. Para ello, sólo hace falta dar una ojeada a la prensa local y a los reportes de los organismos internacionales. Como un claro ejemplo de ello, la guerra por el control, explotación y venta de recursos minerales como el Coltán en la República Democrática del Congo, y la Bauxita en Guinea que han dejado miles de muertes así como de violación sexuales a mujeres y explotación de menores. Materiales que, claro, se utilizan para la vida moderna en los países desarrollados para la fabricación de chips de teléfonos celulares y aluminio respectivamente.
La explotación internacional sigue tendiendo redes por los incansables recursos de África como lo demuestran los acuerdos firmados por Senegal para la explotación de sus costas por países como España y Japón, dos de las mayores flotas pesqueras del mundo.
La pobreza, la falta de educación y de sanidad, así como la falta de inversión en infraestructuras como drenaje, separación de residuos, electricidad y comunicaciones, es notable a primera vista cuando tocas cualquier ciudad mediana o grande de este continente. Me remitiré a hablar de Senegal y Gambia donde pase los últimos tres meses del año pasado.
África Occidental, donde se encuentran estos países, ha sido designada por España y otros países de la Unión Europea como una región prioritaria para la promoción y ejecución de sus programas de desarrollo y cooperación internacional. Sin embargo, por lo que pude apreciar en estos meses la aplicación de programas de cooperación genera una burocracia ineficaz y que junto con la alta corrupción de los políticos locales solo sirve para ensanchar los números de creación de empleo y de recursos destinados al desarrollo. Con esto no quiero decir que estos programas no tengan impacto directo en la población, pero su alcance es mínimo respecto a lo que podría ser y se pretende debido a el vicio de corrupción y burocracia, que no solo existe en está región sino en la mayoría de las naciones empobrecidas.
Unido a estos problemas, la falta de una política eficaz en la inversión de recursos y la arrogancia de los políticos deja a la población en una situación de vulnerabilidad, estando dispuestos a vender hasta su propia vida a cambio de un sueño.
Un ejemplo claro de este malgaste de recursos es la colosal escultura y centro de convenciones, comercio y espectáculos “El renacimiento de África” que mandó construir el actual presidente de Senegal Wade, que ha tenido un costo superior a los 8 millones de euros y que a su vez se ha hecho de los derechos de autor, por lo que cobrará personalmente un porcentaje de los ingresos que genere este centro, el cual ha sido construido con los recursos de la nación.
A su vez en la costa Gambia podemos apreciar como la pobreza lleva a cientos de jóvenes a ofrecer servicios de acompañamiento y sexo, a cambio de paseos, una buena comida, ropa, estancias en los hoteles que ofrece este país al turismo y el sueño de poder optar por un pasaporte extranjero que le de una vía de escape de su país de origen. Esto está constituyendo parte de la costa gambiana y senegalesa en un centro de economía basada en el turismo sexual.
La falta de una inversión en el campo y su producción hace que estos países dependan esencialmente de la importación de productos que van desde el arroz, base de la dieta del país, hasta los condimentos y materiales utilizados cotidianamente, la mayoría importados Europa y Asia. Fundamentalmente viven del cultivo y la explotación del cacahuete, y de las remesas que llegan al país de los emigrantes.
De esta misma forma, los productos que llegan desde el extranjero, llegan acompañados de cientos de empaques y envoltorios, principalmente plásticos, que están contaminando el país de una manera desmedida debido a que no se cuenta con sistemas de recolección y procesamiento de desechos. Y ni hablar de reciclaje. Es impresionante caminar por St Luis, una ciudad denominada como Patrimonio de la Humanidad en 1990 de arquitectura victoriana, y que está rodeada de desechos. Los niños juegan a las orillas del Rio Senegal y del mar entre desechos.
Por otro lado, Senegal y Gambia son países impresionantes, llenos de una grandeza cultural y ambiental que muchos envidiarían. Sus paisajes, sus tradiciones, su música, sus habitantes y la vida llena de color hacen de estos pequeños rincones caóticos del planeta un lugar al que no hay que dejar de ir, de conocer y dejarse sorprender.
Tres meses de vida subsahariana, me han dado muchas cosas en las cuales reflexionar, pensar y soñar. Porque los sueños no solo se sueñan, sino se construyen. Les dejó parte de mi recorrido captado por mis fotografías de esa excelente experiencia.
SENEGAL
GAMBIA













